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España.- Pamplona ha cambiado y se ha extendido mucho, pero la gente de Navarra no ha cambiado, así como tampoco el espíritu de los Sanfermines, donde se pueden encontrar todas las cosas maravillosas de los tiempos viejos, si se sabe donde buscarlas." (Ernest Hemingway en 1953, al volver a Pamplona, tras 25 años de ausencias).
Llegue a Pamplona con un atraso de casi treinta años, pero ya hace casi quince. Puedo asegurarles que hasta el año pasado, en lo esencial, nada ha cambiado. Espero que en este año 2012 de crisis fuerte, tampoco.
El Casco Antiguo esta siempre igual y esa es Pamplona. Todo está allí: "todas esas cosas maravillosas" que hacen que no cambie jamás. En todos estos años la he podido recorrerla a gusto e ir a todos lados y beber y comer allí donde se debe. En el café Iruña, en la Plaza del Castillo, adentro y afuera, y en el Txoco (Choco), también en la plaza, pero enfrente. Fui a la Catedral y a la Iglesia de San Lorenzo y Capilla de San Fermín, al Ayuntamiento.
Me alojé, cuando no tenía estrellas, en el Hotel La Perla -ubicado en el 1 de la Plaza del Castillo- cuya habitación 217, que ocupó Hemingway durante algunos Sanfermines es una especie de santuario motivo de peregrinación. Para reservarla durante las fiestas hay que pagar más de mil euros por noche y anotarse en una larga lista de espera.
Todos estos lugares los conocía ya a través de Hemingway. Es muy difícil obviarlo, si uno habla sobre Pamplona. En el libro Hemingway y los sanfermines de José María Iribarren, se consigna que hace unos sesenta años en una encuestas hecha por las oficinas de turismo españolas en varios países, surgió que el noventa por ciento de los extranjeros que van a los Sanfermines, lo hacen influenciados o por conocerla directa o indirectamente a través de la novelaFiesta (The sun also rises) de Hemingway o haber visto la película basada en ella.
La fiesta. A mitad de la mañana del 6 de julio se empiezan a juntar. En su gran mayoría vienen de blanco, pantalón camisa y zapatillas, faja, pañuelo y gorra rojos- y un buen porcentaje ya medios borrachos, en la etapa de las canciones, de los coros y de los abrazos. Al medio día, a las 12 en punto, cuando suena el Chupinazo, el cohete que lanzado desde el Ayuntamiento anuncia el comienzo de la fiesta, suman un millón, algunos años menos y otros mas, pero en ese entorno. Todos en el Casco Antiguo: unas 25 a 30 manzanas. Y allí estarán durante toda la semana. Bebiendo, de lo que sea, pero en especial un vino espumante algo dulzón y sangría, más vino tinto, cerveza, vodka, whisky, gin y lo que venga y te inviten, porque allí todo se comparte. Comiendo, continuamente, en la calle, en la plaza, durante las corridas, en los restaurantes, cuando se consigue lugar; en algunos es preciso reservar mesa en enero.
Todo el mundo bailando y a toda hora. En los cafés, en las plazas, en la calle, A toda hora, de cero a cero. La música no para nunca y hay conciertos, del género que se pida, a las 3 de las mañanas, las dos o las 7 de la tarde y al mediodía. Y bailan y cantan y beben y de todo. A las 23 horas, unos 45 minutos de fuegos artificiales en una competencia en la que participan las mejores empresas pirotécnicas europeas.
El encierro
Unos pocos de esos tantos que cantan, beben y bailan todas las mañanas corren delante de los toros. Es el "encierro". Razón de ser de estas fiestas. Son casi 850 metros (848,6) de recorrido por las calles del Casco Antiguo, por donde los toros " serán llevados", por pastores, corredores baqueanos y algunos miles mas que se aventurarán alentados por una ilusión, por el encanto del riesgo y muy especialmente por una buena cuota de alcohol. El recorrido va desde los corralillos en el Parque de Santo Domingo hasta la Plaza, en donde los astados esperaran hasta la tarde para ser lidiados.
La ceremonia como que se inicia a eso de las 7, en que empiezan a llegar y los grupos se van formando y la policía los ordena y se lavan las calles. Son seis toros, a los que acompañan "los mansos", vacas con campanas y cascabeles, que en la tarde morirán en la Plaza a manos de los más reconocidos toreros - ahí hay que estar- y que en unos pocos minutos recorren un trayecto de la ciudad hasta la plaza. El primer día y el sábado y domingo que toca, en los que crece el número de fotógrafos aficionados, turistas y novatos que arriesgan la vida y se la hacen arriesgar a los baqueanos, la carrera puede demorar algunos minutos más, pero el encierro no dura promedialmente más de tres.
Pero qué tres minutos. A las 8 en punto, durante los 8 días- del 7 al 14-, sueltan los toros. Para esos tres minutos es que se va a Pamplona, aunque sea para verlos desde los balcones, las vallas o en la plaza. Ni que hablar si se anima a "correr". Se anuda el estomago y transpiran la manos y ese es el juego como lo reconocen hasta los mas veteranos corredores.
Es difícil trasmitir lo que se siente, pero ello es lo que hace que todo el mundo vuelva. Hay que estar y verlo. Rafael Moreno, gerente y copropietario del tradicional, famoso y hoy remozado Hotel La Perla me decía un día: "si cuando los gringos me preguntan cuanto dura el encierro les digo que tres minutos, con lo que se les cobra por la habitación, (la mas barata 600 Euros por día,) me cancelan la reserva". "Yo solo les digo, véalo, espere a mañana", y nunca nadie canceló ni nadie se queja.
La primera vez que fui a La Perla, cuando no era un 5 Estrellas como hoy, solo había una habitación para tres, valía más pero tenia tres balcones que daban a la calle Estafeta, que va desde Mercaderes, donde esta la curva en la que los toros resbalan, hasta la Plaza y es el recorrido más largo del encierro. Mis tres balcones me permitieron conocer a muchos habitués e integrarme a esa farándula : todos los días diez minutos antes de las ocho comenzaban a llegar norteamericanos, suecos, finlandeses, australianos que fuimos conociendo en número que crecía día a día y a los que ofrecía un buen palco para ver los toros y las gentes. "Pobre de mi". Cuando suena el Chupinazo,- esté uno en la Plaza del Castillo o en el Iruña, o en la misma explanada del Ayuntamiento- y explota esa alegría que envuelve y emana de la multitud que canta el "primero de enero..." y salta y grita y ríe, sin saberse porqué, se empiezan a entender algunas cosas.
Es cuando se comienza a comprender que a Pamplona no van turistas; que los 600 mil extranjeros que siempre vuelven aunque sea otra vez, son parte de la fiesta y de la ciudad y que no están disfrazados sino que hay que vestirse así: es la única forma de estar cómodos, todo de blanco con el pañuelo, la faja y la gorra roja. Y así se ven bebes, ancianos y ancianas, nacionales y extranjeros, familias enteras.
La gente es feliz, goza de la vida, de esa vida que se arriesga todas las mañanas a partir de las ocho. La gente esta alegre, incluso hasta en el momento de más tristeza, a la medianoche del día 14, cuando ya unos cuantos menos, portando cada uno su antorcha cantan el " pobre de mi" porque se acaba " la fiesta de San Fermín".
(El Universal para Yucatán Hoy) |