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Por las fechas que vivimos, sería lógico hablar de las nulas posibilidades de Araujo Lara para sentarse en la silla de su amiga y compañera de alegrías y tristezas; de los vaivenes tipo barco de vapor de Ramírez Marín que hacen ver pequeños a los camiones en donde ha pegado su foto, debido a su gran figura; de los sueños mariguanos de Rolando Zapata; del avance de Sofía Castro en las filas del PAN; del retroceso irreversible de Beatriz Zavala; y de todas las preferencias electorales que nuestros cada vez más lectores nos comentan a través de correos y twitters.
Pero no, no vamos a echarnos a perder esta lluviosa mañana elucubrando sobre tal o cual. No. Vamos a hablar de las preferencias del tráfico y las preferencias de los yucatecos con respecto a nuestra particular forma de manejar y de llegar a los lugares.
Para comenzar, debemos admitir algo: el civismo y la cortesía murieron. Ahora lo nuestro, lo nuestro, es la preferencia. Para fines prácticos hablaré en tercera persona del plural y me incluyo en lo que llamo los “meridanos”. Conste.
No hay nada que un meridano proteja más que “su” preferencia. Cuando alguien lleva preferencia prefiere morir a cederla. Al llegar a las glorietas, se covierten de ser simples mortales en espera de que pasen los que llevan paso, a ser unos todopoderosos conductores de vehículos sagrados a los que no se les puede interponer obstáculo alguno. Si eso llega a pasar, los meridanos pueden ir desde los claxonazos, insultos,mentadas de madre, hasta los accidentes evitables con un poco de cortesía.
Muchas veces, suceden accidentes en los cruces y en las glorietas porque el que llevaba la preferencia no fue capaz de frenar a pesar de haberse percatado de que un automóvil se atravesaría en su camino. Al grito de: ¡muerte o preferencia!, los meridanos sufren aparatosas colisiones derivadas del maletendido orgullo de poseer, aunque sea por unas cuadras, “la preferencia”.
Cabe admitir que la invasión IMECA (nacidos más allá de Halachó) ha colaborado grandemente a la desaparición de la cortesía, pero han encendido más la pasión por el “respeto a muerte” del derecho de paso, sólo comparable al derecho a la vida y la salud. Sin embargo, hay que admitir que los llamados fuereños son los más tolerantes a la hora de encarar con sus camionetotas las bocacalles por donde cruzan a cien por hora los sagrados conductores a bordo de vehículos con pre-fe-ren-cia. Sería bueno reglamentar la velocidad máxima en las calles libres de altos –no con topes, esos son tercermundistas- y obligar a disminuir el paso a los que llegan “con preferencia a un cruce”.
En algo parecido al tema que nos ocupa, comentamos que cuando pensábamos que el paso deprimido iba, de perdida a ayudar a la vialidad en la zona, ¡zas!, los genios de tránsito se abocaron a la tarea de enredar todo con calles de un sentido, semáforos sin sentido y, el colmo, prohibiendo doblar a la izquierda en los entronques de dos avenidas. Es lógico tener un semáforo en esas confluencias que permitan doblar a la izquierda para incorporarse a la otra rúa. La mayor parte de las ciudades del mundo lo contemplan.
Pero ahora, aquí, las cosas resultan extrañas. Ya no se puede circular libremente, y ahora, el ahorro de dos minutos que se obtiene por pasar por el deprimido paso, se ha convertido en una pérdida de diez o más minutos entre los contrasentidos, los semáforos y los policías que no dejan pasar a nadie por donde antes se transitaba sin mayor problema. ¡Que ganas de joder!
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