Martes, 21 de Mayo del 2013
El silencio de los inocentes II PDF Imprimir Escribir un correo electrónico
Escrito por Alberto Loret de Mola   
Lunes, 19 de Marzo de 2012 12:48

Cada vez, Pascual estaba más cansado. Ese día había recorrido durante horas, de ida y vuelta, primero a pie y después en un vetusto camión, el camino a la clínica más cercana. Le diagnosticaron cáncer y estaba adolorido, pero curiosamente feliz. Ya faltaba poco para que lo internaran y ahí, en el hospital, le contaron que daban de comer a los enfermos tres veces al día. Esa mañana los médicos le confirmaron el diagnóstico y calcularon que estaría, de sobrevivir la operación, unos quince días en cama.

Recordó también, a eso de las tres de la mañana, que durante sus "vacaciones" no tendría que caminar el kilómetro que separaba su vivienda de la fuente de agua más cercana. Pascual, nombrado así en honor a su fallecido padre que un día se fue a la ciudad y triunfó porque consiguió un trabajo en la embotelladora de refrescos Pascual, sentía con dolor que la vida se le iba y no podía cumplirle al presidente.

Él, el mero jefe, había dicho que el futuro del país dependía del esfuerzo y trabajo de todos y él, Pascual, habitante de una de las sierras más pobres y olvidadas de México, no había hecho su parte. No había sembrado porque no tenía semillas ni el cielo lloraba. No producía porque no había factorías cercanas. Y él, a sus 40 años, no sabía hacer otra cosa que sembrar y eso, como decíamos, ya se había convertido en recuerdo.

Por eso Pascual, hombre de pocas luces, se sentía culpable de ser una carga. El país no necesitaba más gente como él.

Hacía tres semanas, ya entrada la noche, le avisaron que al otro día llegaría al pueblo un camión con despensas.

Ilusionado y haciendo un esfuerzo, se levantó cuando la claridad interrumpió su sueño, ese extraño lugar donde todo se puede y nunca se siente hambre, y se dirigió al caserío que, ese día, sería beneficiado con el apoyo de todos los mexicanos.

La cola, para su desánimo, medía más de cincuenta metros. El sol le calentaba los huesos después de una noche de frío y soledad y acariciaba su tostado rostro. A eso del mediodía, unas cinco horas después de haberse formado, le dijeron que el camión se había averiado, pero llegaría nomás lo arreglaran. La espera, que si no, pareció valer la pena cuando a lo lejos el polvo del camino anunció la prometida bonanza.

Silenciocampesin¡Una despensa por familia! Gritaba el repartidor que al entregar la ayuda iba pidiendo "pa` los chescos". En la cola se murmuraba que si le dabas al menos diez pesos, te tocaba bolsa grande. Si no, bolsa chica. O nada.

Y así, justo al anochecer, Pascual, sombrero en mano, rostro avergonzado y suplicante se enfrentó a la mirada del repartidor quien le puso la mano. Él le dijo que no tenía nada. El generoso funcionario le preguntó por su familia. A Pascual se le desencajó el rostro y le contestó con voz quebrada: no tengo familia. Mis hijos se fueron y mi mujer, mi hija y mi nieto murieron... de hambre.

Las despensas, comentó el camionero, son para familias. Lo miró de arriba a abajo y le pidió que dejara pasar al de atrás, no sin antes murmurar: "pinche viejo mañoso".

En silencio, Pascual, un hombre cuyo único logro en su vida fue sobrevivir, regresó sobre sus pasos hacia la choza en la que ese día, no había ni agua. Pero nada importaba. Dentro de unas semanas comería tres veces al día. "Qué buena suerte era tener el famoso cáncer", pensó al tiempo de entrar a su casa, tenderse sobre su petate y abandonarse al sueño, ese que le permitía no sentir hambre.

Así, al amparo de la oscuridad más absoluta, y con vergüenza, pudo disculparse mentalmente con Dios y el presidente, por no haber cumplido con su parte.

 

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Última actualización el Lunes, 19 de Marzo de 2012 14:37
 

Comentarios  

 
+2 #1 Lektorenmovimiento 19-03-2012 13:03
Cuántos Pascuales hay en este momento a lo largo de este país... el "70 y más" sólo es para ancianos panistas. Lo peor es que no es narrativa es una realidad. muy recomendable reflexion
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