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Siempre hemos pensado que los extremos no son buenos cuando de política se trata. Creemos que es el centro donde pueden converger todos los pensamientos políticos, ya que resulta más generoso para un país un sistema incluyente y tolerante. A pesar de todo esto, estuvimos atentos al renacimiento de Andrés Manuel y casi llegamos a tragarnos lo de “paz y amor”. Casi.
No es posible. El llamado peje es un impresentable. Y mentiroso. Y ruin. Y veleta. Igual si hubiera llegado a la presidencia se hubiera convertido en chavista y, entonces sí, a buscar la reelección eterna.
Si usted, estimado lector se pregunta algo así como ¿qué le pasa a Loret? le comentamos: no manejamos bien las decepciones. Si bien no habíamos puesto nuestras esperanzas en AMLO, pensamos ilusamente que al firmar el pacto de civilidad, el tipo cumpliría como hombrecito, pero no fue así. El sujeto en cuestión no tiene palabra, es un farsante.
Y es que el tabasqueño quiere confundir las peras con las manzanas. Sí, las peras son peras y las manzanas, manzanas. Una cosa fue la campaña y otra la elección. Veamos:
Andrés Manuel vivió una intensa campaña en la que al igual que el PAN y el PRI –a Cepillín Gordillo no lo mencionaremos en adelante- hubo de todo: despensas, regalos, acarreos a los mítines, tortas de huevo y refrescos. Así son en México las campañas. Y al final de ella, cuando todos los métodos para convencer a los votantes, incluyendo la entrega de láminas de cartón o vales de Soriana –cada quién lo hizo a su estilo-, habían sido documentados, él firmó el famoso Pacto de Civilidad, mismo que ahora se está pasando por el arco de las vergüenzas.
Las irregularidades se dieron, si es que hubo, durante las campañas, no durante las elecciones, que son dos cosas muy distintas. Sin embargo, fue en las elecciones cuando al peje ya se lo había llevado el payaso cuando, entonces, sacó a relucir que Peña Nieto era malísimo porque había comprado en Soriana y no en Walmart. Y, además, fue el propio perredista el que animó a los mexicanos a aceptar todo lo que les regalaran.
El día de la firma, el abanderado de las izquierdas ya debía tener las supuestas pruebas que presentó hasta el mero día de la elección y entonces con ello, quiso, a toro pasado, descalificar el proceso electoral, con lo que, de paso, insultó a más de un millón de mexicanos que participaron para cuidar los comicios.
Más de un millón de ciudadanos que se levantaron a las seis de la mañana, tras semanas de entrenamiento, y se dieron a la tarea de cuidar la elección. Estos, se pasaron todo el día verificando, sellando, marcando, atendiendo con prontitud los millones de votantes registrados, luego contaron los votos y los reportaron al IFE. En el proceso participamos millones de votantes y no hubo forma de alterar los resultados como para que el tipo éste, venga y descalifique un proceso que rayó en lo ejemplar, salvo escasísimas irregularidades.
O lo que es lo mismo, AMLO volvió a mandar al diablo a las instituciones.
Sabemos que fueron muchos millones, tantos como 15 millones 896 mil 999 los votos que obtuvo. Pero Peña Nieto sumó 19 millones 226 mil 784 votos. Y en nuestra democracia se gana con un voto, sí, con uno solo. O no sabrá aquello que nos repiten a cada rato de “Sufragio Efectivo”.
Podemos concluir que al perder la elección de manera clara, AMLO recurrió a su plan B, ese que trae en la sangre: el del porrismo, la confrontación, la manipulación y el inconformismo.
¿Podrá dormir bien “el peje” sabiendo el tamaño del daño que le causa a su país, nuestro país, su comportamiento sociópata?
Por lo pronto, los ciudadanos trataremos de recobrar, poco a poco, la rutina ayuna de mensajes políticos y locuras electorales.
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