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Conocí a Chavela Vargas una noche de junio del ochenta y tantos. Yo tenía una copa de tequila en la mano y ella cantaba, gritaba, desgarraba mi dolor con su voz aguardentosa. “Ay Chavela, Chavela, mi Chavela”, le dije entre sollozos, “apenas te conozco y ya siento que me entiendes y comprendes mi dolor”. Ella siguió cantando: “¡Vámonos, donde nadie nos juzgue, donde nadie nos diga que hacemos mal..!” Y yo lloré con ella que ya para entonces era como mi hermana, compañera de dolor.
Por eso ayer, cuando supe que Chavela, mi Chavela, se nos había ido, no pude evitar sentir una tristeza profunda, un dolor callado y ganas tuve de tomar otra vez un caballito de tequila y recordarla como a ella le hubiera gustado: cantando, sufriendo, dejando fluir con la música, con su música y la de José Alfredo, ese dolor que duele, ese amor que desgarra las entrañas y que, de tanto sufrir, nos hace recordar que estamos vivos y sentimos.
Cuando tuve aquel primer encuentro profundo con Chavela, yo ya conocía su mito: mujer bragada, recia, desafiante. Mujer que vivió sin importarle mucho los convencionalismos, que vino a esta tierra y se hizo mexicana porque así lo quiso, así lo sintió y así lo cantó. Supe que Chavela fue en su época mucho más que una cantante de ranchero. Fue la amiga e intérprete más querida de José Alfredo, su compañera de dolor y de parrandas, pero también fue mujer de escándalos, agitadora de las buenas conciencias.
Me contó un buen amigo que la llegó a ver en concierto en el ya desaparecido hotel Regis, ahí por la zona de la Alameda, que cuando Chavela pasó de ser una cantante desconocida a llamar la atención de las clases medias y altas que acudían a verla cantar con su jorongo rojo y su pistola al cinto, ella se daba el lujo no sólo de dejar a todos boquiabiertos con ese torrente de pasión y fuerza que le salía del pecho, sino que ya entrada en el sentimiento, entre tequila y tequila, iba subiendo el tono de sus interpretaciones hasta que, liberada como vivió siempre, bajaba del escenario y comenzaba a cantarle seductoramente a alguna hermosa dama de sociedad de las presentes.
La escena de Chavela cantándole a la guapa señora incomodó a más de un marido que no resistió los celos de aquella mujer bragada y terminó por hacer aspavientos y se armaba el alboroto en el lugar que en más de una ocasión terminaba abruptamente con el show. Fueron conocidos y sonados los amoríos de la Vargas con Frida y con Diego, con quienes compartió más que una amistad y llegó a vivir con ambos en su casa de Coyoacán.
Chavela, pajaritos, vivió como sintió y no siempre sintió pura pasión. A veces ese sentimiento la llevó por infiernos y abismos de alcohol que la hundían en terribles depresiones. Ahí conoció a su gran compañera de vida: la soledad. Como nunca vivió por la pretensión de ser, cuando ya era la gran cantante de música ranchera no se dio cuenta y se dejó llevar por las sirenas etílicas que la desaparecieron por varios años y casi la hicieron invisible a la memoria. Hasta que ella misma decidió renacer de sus cenizas y volvió al escenario de un barecito en Coyoacán, desde donde volvió a demostrar que su pasión negra, el alcohol, no había logrado arrancarle el don que la elevaba cada vez que de su boca salían las notas en forma de dolor: “Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores, otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores”.
Después vino su viaje a España y Chavela recuperó un mucho de la luz que había perdido en sus delirium tremens. Madrid y Pedro Almodóvar como mecenas la acogieron y le dieron la estatura que en México se negaban a reconocerle. Y cuando vino de allá, enfundada en su mismo jorongo rojo con el que aquí la conocimos, entonces sí muchos mexicanos la descubrieron y la reencontraron. Y se reconciliaron con ella, y la sintieron y la gozaron, y ayer lloraron su partida, que más bien, como ella misma dijo, fue su trascendencia.
¡Que viva Chavela, mi Chavela Vargas y su dolor y sentimiento! Ya me imagino cómo estarán cantando ella y José Alfredo allá, donde sea que se encontraron: “Cuando te hablen de amor y de ilusiones, y te ofrezcan un sol y un cielo entero, si te acuerdas de mí no me menciones, por que vas a sentir amor del bueno”.
(El duende preguntón / El Universal para Yucatán Hoy) |