Miercoles, 19 de Junio del 2013
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Escrito por El duende preguntón / El Universal para Yucatán Hoy   
Martes, 31 de Julio de 2012 12:02

Durante muchos años, pajaritos, los mexicanos nos convencimos que aquel mote de la “Raza de Bronce”, que hacía alusión al color de nuestra piel, nos condenaba a no aspirar en el deporte a mucho más que a las medallas de tercer lugar, hechas precisamente de ese metal. Por muy diversas razones y factores, los compatriotas que acudían a representarnos en las justas olímpicas y en torneos mundiales de distintas disciplinas deportivas, casi nunca podían destacar y cuando lo hacían era sólo para colgar de su pecho la bronceada medalla que, aunque nos daba alegría, nos dejaba siempre con la sensación de que nunca pasaríamos de la tercera posición en el pódium.

Pero luego vinieron las olimpiadas de Londres 1948 y el capitán Humberto Mariles nos enseñaba que podíamos soñar con el oro, al convertirse en el primer mexicano en lograr dos medallas en Juegos Olímpicos en la equitación, en salto individual y por equipos. Después, en Melbourne 1956, el clavadista Joaquín Capilla repetía la hazaña y se volvía el segundo compatriota en colgar el oro de su pecho. En Roma y Tokio, en 1960 y 1964, volvimos a ser de bronce y el sueño del oro se desvanecía.

Pero llegaron las Olimpiadas de México, en aquel fatídico 1968, y el pundonor y la casta nos enseñaba que, cuando se le invertía y se le apoyaba, el deporte mexicano podía dar frutos. El veloz Felipe “El Tibio” Muñoz, y los boxeadores Ricardo Delgado y Antonio Roldán, nos devolvieron el gusto por el áureo metal y junto con el sargento Pedraza, Álvaro Gaxiola y María del Pilar Roldán, con plata, nos daban la mejor participación mexicana en la historia olímpica con 18 medallas en total.

Vino otra sequía de oro y fue hasta Montreal 1976 cuando Daniel Bautista y su inolvidable caminata nos daban a probar de nuevo la gloria de los vencedores aunque por una sola vez.

En Moscú 1980 volvimos a ser de bronce y tuvimos que esperar hasta Los Ángeles 1984, para que en esas mismas calles que un día fueron territorio mexicano, Ernesto Canto y Raúl González nos llevaran a la locura nacional de lograr dos medallas de oro y volver a sentir que cuando queremos y nos esforzamos “¡sí se puede, sí se puede, sí se puede!”

Pero la ilusión duro poco y, en lugar de apuntalar a partir de esos triunfos al deporte nacional, Seúl (88), Barcelona (92) y Atlanta (96) fueron Olimpiadas para olvidar, casi con puro bronce, para tener que llegar a Sidney 2000 cuando una mujer, Soraya Jiménez, con toda su fuerza y determinación cargara sobre sus hombros el orgullo de todo un país y nos diera con la halterofilia una nueva medalla de oro que llegaba con platas y bronces de un buen número de deportistas mexicanos.

En Atenas 2004, nos tuvimos que conformar con la plata de Ana Guevara y Belem Guerrero, y fue hasta Beijing 2008 cuando, otra mujer Rosario Espinoza y su compañero taekuandoín, Guillermo Pérez Sandoval nos volvieran a dejar paladear el color dorado que solo portan los ganadores.

Ayer, en Londres 2012, ya logramos la primera plata con dos jovencitos que prometen mucho más, Iván García y Germán Sánchez, pero habría que esperar a que llegue el oro.

No me queda duda, pajaritos, que deportistas de primer nivel los tenemos y muchos, como tampoco dudo que el gran problema para que logremos mucho más en juegos Olímpicos, y en general en el deporte internacional, es la falta de una política deportiva real desde los gobiernos que apoyan sólo por temporadas y de manera inconsistente a los buenos deportistas mexicanos.

Estados como Jalisco, que desde hace tiempo le vienen dando medallas a México en Panamericanos y en Olímpicos, son un ejemplo de lo que debiera ser una política nacional del deporte, pero el apoyo gubernamental no es todo, pajarracos, también están las mafias que son las Federaciones deportivas en nuestro país, donde unos cuantos vivales, a veces ni siquiera deportistas, acaparan apoyos, cuotas y dinero e impiden que los pocos recursos oficiales lleguen realmente a deportistas de excelencia. Pero con eso hay que pelear y junto con los deportistas paralímpicos, que también son orgullo para México, esperemos que esta vez la cosecha de medallas, como la de mujeres, nunca se acabe.

(El duende preguntón / El Universal para Yucatán Hoy)

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