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¡Adiós a los días de campo!
¿Quién no recuerda, pajaritos, un domingo por la mañana con la familia en el campo? Una pelota, unas tortas y unos refrescos bastaban para disfrutar de la naturaleza, ya fuera en un paraje arbolado, a las orillas de un laguito o de plano en un parque público. Lo importante era que ahí estaban, con nosotros y junto a nosotros, jugando, conviviendo, viviendo, la familia, ese grupo que nos forma y nos explica como individuos y como parte de una tribu.
La verdad yo sí siento nostalgia por aquellos paseos al aire libre donde no se necesitaba dinero para disfrutar, para correr, para divertirse. Pero esa sana costumbre, pajaritos, se ha ido perdiendo y por desgracia se ha convertido, en buena parte del país, en una actividad de alto riesgo ante la realidad de la violencia y la criminalidad que vivimos: salir al campo y distraerse puede significar ser atacado por maleantes que roban, agreden y hasta matan por el simple valor que les da la impunidad.
El caso reciente de las niñas atacadas en un parque natural del estado de México, en Chalco, mientras acampaban con sus compañeros en un retiro espiritual nos confirma que este crimen desbordado que tenemos, sumado a la incapacidad de nuestras autoridades, sean municipales, estatales o federales, nos sigue arrebatando a los ciudadanos la tranquilidad, la libertad y ahora también la posibilidad de disfrutar de esa maravillosa naturaleza que tenemos como país.
Poco a poco el miedo y los criminales nos han ido arrebatando los gustos de una vida libre y normal. Primero fue en algunas ciudades del norte del país como Monterrey, Torreón, Reynosa, Tampico, Saltillo, Juárez —donde antes se disfrutaba la vida nocturna—, en que muchos mexicanos decidieron renunciar a salir por las noches ante el hecho evidente de que podían morir en un fuego cruzado en un bar o un restaurante. El fenómeno se repitió en otras ciudades como Morelia, Tepic, Acapulco y luego vinieron los cierres de negocios y atentados también en centros comerciales y otros lugares de esparcimiento.
La vida y la diversión de muchos mexicanos ya ha sido secuestrada por los criminales y ahora se suma esta modalidad en la que, cualquiera que busque disfrutar de campismo al aire libre, sean niños exploradores, familias, grupos estudiantiles y hasta retiros religiosos, como el de Chalco, corren el peligro de vivir una aterradora experiencia como la de esas niñas violadas y sus compañeros asaltados y sometidos por un comando armado.
¿Qué tan incapaces han resultado las autoridades para garantizar nuestra seguridad que ahora hasta proponen, como lo hizo el gobernador del estado de México, que se establezcan “protocolos de seguridad” para quienes quieran salir a pasear o a acampar a un parque o paraje natural? Es lo mismo que cuando a los niños les empezaron a enseñar en las escuelas cómo reaccionar y autoprotegerse en caso de una balacera. Como no podían las autoridades evitar que llegaran las balas a los niños, pues mejor que sepan cómo protegerse solos.
En esa lógica de nuestros gobernantes los ciudadanos estamos solos, sin protección ni garantías, ante criminales desalmados, violentos y que se saben protegidos por dos cosas: la ineficiencia policiaca y gubernamental y la impunidad que les da un podrido sistema de justicia. Tan solos estamos como esas pobres niñas que, buscando una experiencia espiritual para sus vidas, conocieron más bien el rostro del horror y vivieron la experiencia más cruel e inhumana.
(El duende preguntón / El Universal para Yucatán Hoy)
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