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Andrés Manuel López Obrador enfrenta, o trata de hacerlo, la peor semana de su campaña política. Los días recientes arrojaron resultados que ocultos en el discurso del tabasqueño, no dejan de arrojar saldos negativos.
El efecto político electoral del “pase de charola” aflojó toda la estructura montada por el tabasqueño cimentada en la honestidad a toda prueba de él y su equipo. Después, apareció el reto que significa el explicar de donde salieron los más de mil millones de pesos que se entregaron en los últimos seis años y que, a pesar de sus afirmaciones, no aparece la contabilidad legalmente acreditada respectiva Y finalmente, su incapacidad para controlar su explosividad, lo condujo a desacreditar al IFE y a pedir que sea la “gente” la que califique el proceso electoral.
La crítica no ha sido menor. López Obrador perdió el impulso al alza y ha visto como su campaña no sólo se detiene, sino que podría iniciar una peligrosa caída.
Así, AMLO decidió regresar al camino que conduce a la República Amorosa. Y apareció ante la sociedad entera, para ofrecer un “diálogo sin fricciones” con el presidente Felipe Calderón una vez que las elecciones le den el triunfo.
Y además, pide al actual mandatario, que se inicie la elaboración del presupuesto federal para el año próximo.
López Obrador pretende, con esto, tranquilizar a la sociedad y esquivar las críticas. Pero podría de nueva cuenta, haber cometido un error importante.
Después de todo, ¿se puede ofrecer algo que supuestamente es una obligación si no legal, sí política? ¿AMLO puede ofrecer un diálogo con las autoridades actuales en el caso de que resulte vencedor el próximo día 1o de julio?
El señor López busca demostrar que el odio hacia FCH mostrado desde que perdió las elecciones del 2006 ya no existe. Y le ofrece a la sociedad una civilidad que no tiene por que ser una graciosa concesión.
Es posible que al candidato de las llamadas izquierdas le parezca que dialogar con el Presidente actual es algo extraordinario para un candidato triunfante. Pero no es así. La sociedad espera que candidatos, partidos y autoridades privilegien precisamente, la civilidad política.
López Obrador no puede suponer que los mexicanos tienen la obligación de aplaudirle un ofrecimiento como el que ha hecho.
Dialogar con Felipe Calderón fue siempre, a partir de fallo de la autoridad electoral, una obligación de todos los actores políticos. Y el tabasqueño no sólo se negó a ese diálogo, sino que se dedicó a denostar al gobierno calderonista, obligó a sus seguidores a no tener contacto con el gobierno federal, a no tomarse una foto con Felipe Calderón y a mantener la línea de “espurio”, el “pelele” y la del “gobierno legítimo”.
Ahora, ante las críticas que se lanzan en su contra por su intransigencia, los llamados a la revolución y su ataque a las autoridades electorales, ofrece a la sociedad un diálogo sin fricciones.
Pero los antecedentes no son buenos. Y el ofrecimiento carece de sustento real. Es sólo una patraña más para mostrar un rostro de serenidad que no corresponde con la realidad.
López Obrador no quiere un diálogo con nadie. Quiere una audiencia silenciosa y obediente. Promete diálogo, pero sólo para distraer la atención.
Al momento de la votación, nos mostrará su verdadera personalidad. Si gana con las protestas y las descalificaciones y si gana con la imposición de su voluntad.
Después de todo, su trayectoria política es la mejor demostración de lo que nos espera una vez que la batalla electoral arroje sus resultados finales.
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