|
El gobierno de Felipe Calderón termina su período justo como lo inició: con una terrible derrota en el campo de la comunicación. La actual administración arrancó con un drástico cambio en los objetivos. Pasó de querer ser el gobierno del empleo, a buscar la legitimidad por la vía de las armas, al declarar la lucha a la delincuencia organizada.
Y jamás fue capaz de explicar bien a bien ni las razones del cambio, ni los objetivos fundamentales que se perseguían.
Lanzó una campaña para demostrar que los “golpes” al narcotráfico ponían en claro que la victoria se encontraba al alcance de la mano, para inmediatamente después avisar a la nación que la lucha nos costaría tiempo, dinero y sangre, en una triste copia del famoso discurso de Winston Churchill a los ingleses en la Segunda Guerra Mundial.
Y como en el punto anterior, nadie supo lo que sucedía, ya que nadie había entendido la necesidad de explicar.
El gobierno calderonista se alejó poco a poco de la realidad. Una era la realidad que se vivía en el gobierno y otra muy diferente, la que percibían los ciudadanos.
Las cosas se complicaron cuando los problemas se trasladaron a las trincheras políticas.
El gobierno se enredó en la trampa de la tragedia de Pasta de Conchos y cambió su postura de claridad a cualquier costo, a un silencio cómplice y la persecución política de líderes sindicales, sin tener el cuidado de buscar el apoyo de la opinión pública.
Siguió con el tema de Luz Y Fuerza y su incapacidad en la comunicación se convirtió en motivo de críticas y burlas, sin que se entendiera nunca, la razón del problema.
Y las cosas llegaron a un nivel de ridículo total, en el caso de Florence Cassez. México hacía a nivel internacional, un ridículo absoluto y el gobierno simplemente creyó que el problema era “de los otros” y no su responsabilidad. El montaje para televisión y la violación de los derechos de la acusada, resultaron ser menores para un gobierno que día a día, retrocedía ante los ciudadanos y no quería darse cuenta del problema.
Siguieron los ridículos en Michoacán y en Baja California, hasta que en la recta final del sexenio, se cayó en la trampa de los golpes mediáticos.
Y el “hijo del Chapo” siguió el problema de los militares arraigados a los que más tarde o más temprano, se les tendrá que poner en libertad ante la enorme lista de fallas cometidas en la detención.
Pero todo esto llegó al punto máximo con la balacera en el aeropuerto internacional de la Ciudad de México, cuando policías federales se enfrentaron con policías federales y quedó a la vista que la lucha contra el narcotráfico estaba más en los discursos que en la realidad.
Aquí ya no siquiera hay intentos de explicación. El silencio es la mejor arma ante una realidad que avasalla.
Es imposible negar que todo esto parece ser una lucha entre bandas por el control de zonas de “negocios”. Con lo que resulta que la Secretaría de Seguridad Pública, la institución “emblemática” del actual gobierno, encabezada por Genaro García Luna, el funcionario “emblemático” del gobierno, ha sido penetrada por el narcotráfico.
Y que el aeropuerto más importante del país no es más que una escala en la que la protección al tráfico de cualquier cosa, la brindan las autoridades que dicen luchar contra la delincuencia.
Y la comunicación oficial, igual que en todos los casos anteriores.
El gobierno nunca entendió que el problema es que no entiende lo que es la comunicación, especialmente, cuando los fracasos están a la orden del día.
(Norberto DE AQUINO) |