|
Felipe Calderón termina su gestión con sólo dos objetivos en la mente: apoderarse del control del PAN a partir de diciembre próximo, y hacer creer a los mexicanos que su administración fue algo realmente sublime, con éxitos fuera de todo lo imaginado.
En el primero de los puntos, Calderón no ha tenido todos los avances que hubiera deseado, pero tampoco ha sido totalmente vencido. Comparte las decisiones en el seno del PAN y espera poder dar el manotazo final justo antes de entregar el poder presidencial.
En el segundo de los campos, Calderón se ha dedicado, y por lo visto lo hará con su último Informe de Gobierno en la mira, las semanas que vienen, ha destacar como es que su gobierno llegó a niveles nunca antes vistos en conquistas.
Así, habla de la cobertura de electricidad, que llegó ya al 98% del país. O de carreteras, renglón en el que habla de cifras que implicarían éxitos no sólo a nivel nacional, sino internacional. Claro está que aquí se confunden, con toda intención, obras de señalización o de repavimentación, pero que se dejan correr sin explicaciones, para manipular la opinión pública.
Del mismo modo, se destaca la cobertura en salud y se presume un alcance absoluto, cosa que por supuesto, rebasa la realidad. Lo que sí es real, es que la mayor parte de los mexicanos podría tener su “cartoncito” que le acredita como merecedor del servicio. Lo que falta son las camas, los hospitales y claro está, los doctores.
Del mismo modo, se presume el avance en el renglón educativo. Y se habla a nivel superior, de obras y acciones que nos pondrían a niveles de excelencia. Pero la realidad es otra. Muy diferente.
Pero Felipe Calderón quiere dejar en claro el “enorme éxito” logrado por su gobierno. Y las razones son sencillas de identificar.
Primero, Calderón juega con las cifras y los supuestos logros, con la idea de consolidar su posición dentro del PAN y después, con la intención de extender sobre su gobierno, o sea él mismo y el grupo que le acompañó en el sexenio, un manto de protección y una imagen de eficacia. Pero ello no es todo. Si se deja correr la idea del éxito sin precedentes en la actual administración, resulta fácil adivinar que al paso del nuevo gobierno, el panismo tendrá un discurso en el que se recordará “todo lo que se le dejó al PRI” y todo lo que “ha destruido”.
Felipe Calderón realiza el largo desfile de despedida. Presume sus conquistas, justifica sus decisiones y se autocalifica de manera sobresaliente.
Pero al mismo tiempo,con esta actitud, evita las explicaciones, evade las responsabilidades y se reafirma como el líder del grupo que es la “única opción real” para el futuro del PAN.
Es tradicional que los presidentes de la República intenten resaltar sus logros en la administración del país. Y natural si se quiere, que busquen el reconocimiento de propios y extraños.
Lo diferente en esta ocasión es que Felipe Calderón no quiere abandonar la trinchera política, quiere asumir un liderazgo absoluto en el PAN y quiere marcar una línea de protección ante el arribo del nuevo gobierno.
Y para todo ello, lo que utiliza son los últimos meses de su gobierno, los cuales por supuesto, deberían estar dedicados a los muchos asuntos aún pendientes de la República.
(Norberto DE AQUINO) |