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Presionado más por la lucha hacia el interior de sus fuerzas que por la idea de transparentar una elección, Andrés Manuel López Obrador lanzó su resto en la mesa de las apuestas políticas.
La idea de demandar que las elecciones presidenciales se invaliden es algo fuera de la realidad. Y el grupo del candidato perdedor lo sabe tanto como el mismo tabasqueño. Pero es necesario llegar a la victimización para poder aspirar a tener el control sobre las izquierdas.
Así, pedir que se analice la falta de equidad, los gastos en exceso, el papel de las encuestas en la elección y todo lo que se pueda acumular, es parte de una estrategia que busca salvar del naufragio electoral todo lo que se pueda.
López Obrador ha visto como, poco a poco, pero con firmeza, sus aliados se separan. Y ve como en el interior del PRD no son pocos los que esperan la oportunidad real, para abandonar un proyecto destinado al fracaso.
AMLO ha doblado las apuestas. Y buscará cómo elevar la tensión. Quisiera algo de violencia que le autorice a crear mayor presión sobre todo el aparato electoral.
Ha descalificado a los consejeros del IFE, ha cuestionado la honorabilidad del TRIFE y está dispuesto a ir mucho más allá, siempre que ello le permita mantener un liderazgo que amenaza con evaporarse al momento en que las autoridades electorales decidan que el PRI fue el vencedor de la elección y no hay nada más que hacer.
El candidato de las izquierdas recibió ya señales de otros liderazgos. No están dispuestos a formar parte de un marco de violencia política. Otros han anunciado sus objetivos particulares para el futuro inmediato y mediato. Y otros más, simple y sencillamente, han dejado de formar parte de su séquito.
La serie de avisos no puede ser más clara. López Obrador es cuestionado por sus decisiones. No querer aceptar el fracaso y buscar mantenerse como líder absoluto, es demasiado.
La desesperación entonces, adquiere una tonalidad mucho más fuerte. AMLO y sus seguidores saben que los resultados electorales no son, para ellos, como lo esperaban.
EL PT y Movimiento Ciudadano no lograron el nivel electoral que se había calculado. EL PRD logró un impacto mucho más fuerte a pesar de que el propio López Obrador pidió a sus seguidores que le apoyaran pero no por la vía del partido del sol azteca. AMLO incluso solicitó una separación temporal como militante perredista.
Por ello, los votos logrados por el perredismo son la primera de las luces de alerta en el tablero del mesías tabasqueño.
Sus aspiraciones de liderazgo quedan atrapadas en un escenario en el que los votos no le favorecen y las posiciones partidistas le son disputadas abiertamente.
AMLO requiere entonces, ser el mártir. Y para lograrlo, requiere que la autoridad electoral le “robe” la elección. Y además, que el “pueblo” salga a las calles y sea reprimido.
Con ello, podrá ser el único hombre “capaz” de dirigir los destinos de la izquierda. Por ello la “seriedad” en la presentación de las “pruebas” del fraude. Por ello, la presión contra las autoridades. Y por ello, la decisión de poner en la mesa, el resto político.
AMLO no juega con la realidad, sino con sus ambiciones personales. Y arrastra en esa apuesta, a todo aquel dispuesto al martirio.
López Obrador está urgido del fallo de la autoridad electoral. El tiempo trabaja en su contra. Quiere que se le convierta en víctima lo más rápido posible. Y si al mismo tiempo logra algo de violencia contra sus “seguidores”, qué mejor.
(Norberto DE AQUINO)
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