Domingo, 26 de Mayo del 2013
Los Juegos Olímpicos y el nacionalismo PDF Imprimir Escribir un correo electrónico
Escrito por Agustín Basave   
Jueves, 09 de Agosto de 2012 10:43

El nacionalismo tiene muchos enemigos. En Europa, el término evoca guerras y terrorismo.

Aun en América Latina, donde su asociación a epopeyas anticolonialistas le da una connotación positiva, se ha puesto en boga entre la intelligentsia considerar anacrónica la división del mundo en naciones y juzgar ficticia la argamasa que une a los connacionales. Hay razones para argumentar que las identidades colectivas se sustentan en mitos, ciertamente, pero es un error pensar que eso las hace irreales o irrelevantes. Las identidades nacionales son como los estereotipos o, si se quiere, como las caricaturas: simplifican la realidad, pero no la evaden. Reflejan una invención tan inexacta como real.

Los Juegos Olímpicos demuestran que el nacionalismo y el patriotismo —el sentimiento de religación a la patria— gozan de cabal salud. El deportista participa representando su nacionalidad y el espectador goza o sufre primordialmente en función de los triunfos o las derrotas de la suya. Es la sensación de pertenencia: uno pertenece a una nación y esa nación le pertenece a uno. Una combinación de factores históricos, lingüísticos, étnicos o religiosos, y en cada vez más casos, por fortuna, un ideal o un proyecto a futuro, determinan la conciencia nacional. Es una suma de subjetividades que da como resultado una objetividad. Y pese a la creciente pluralidad de los Estados, la emoción que provocan banderas e himnos invade a Londres y al resto del planeta.

Tomemos ejemplos difíciles. Suiza es un país cuyos habitantes viven en diferentes cantones donde se hablan distintos idiomas, y sin embargo miles de suizos franceses, italianos y retorromanos sufrieron con la derrota de un suizo alemán como Federer en la final de tenis. España tiene diversas regiones con poderosas raíces culturales —el País Vasco y Cataluña representan sólo las más fuertes—, y en Gran Bretaña coexisten Inglaterra, Escocia y Gales, y sin embargo millones de españoles y británicos de todos los orígenes se entusiasman, más allá de regionalismos y aunque sea fugazmente, con las victorias de sus “compatriotas”.

Kenia y Etiopía tienen lealtades tribales pero todas las tribus en cada país se enorgullecen con las medallas de sus respectivos corredores. Y si ese es el caso de lo que llaman Estados multinacionales, imaginemos lo que sucede en los que son menos heterogéneos. Lejos de borrar las fronteras identitarias, la globalización las ha remarcado.

En buena tesis —la de su fundador, Herder— el nacionalismo presupone respeto a todas las naciones. Son producto de la naturaleza humana: dos pulsiones contrapuntuales, el instinto gregario y la necesidad de singularidad, se concilian a ese nivel de agregación. Por cierto, el nazismo no fue stricto sensu una expresión nacionalista sino una abominable manifestación del imperialismo que buscaba dominar o aniquilar otras naciones. Ojo: se puede amar lo propio sin odiar lo ajeno. Además, la magia del nacionalismo puede tender puentes sobre los abismos de la historia y lograr que nos hermanemos con predecesores y sucesores ignotos, y su influjo puede lograr que nos solidaricemos en el éxito o el fracaso con personas con quienes no nos unen vínculos de sangre y de cuya existencia ni siquiera teníamos noticia. ¿Qué de malo tiene esa imaginería que nos vincula a más y no a menos seres humanos?

La identidad nacional propicia la cohesión comunitaria. Y el tamaño importa: hay tareas existenciales que se dificultan en comunidades reducidas, las que a menudo tienden a prohijar individualismo o aislamiento. El multiculturalismo radical no favorece la desaparición de las naciones sino su multiplicación en nacioncitas, y eso es un problema en un mundo que exige dimensiones económicas que las vuelven inviables.

La clave para lograr la conjunción intercultural es privilegiar la similitud sobre la diferencia, en la inteligencia de que las identidades múltiples no excluyen un común denominador forjado por lazos identitarios nacionales. Por lo demás, si los Juegos Olímpicos fomentan la camaradería cosmopolita y ofrecen la oportunidad de proyectar una mejor imagen internacional y de generar motivación intranacional, ¿por qué no habrían de usarse para construir mejores sociedades?

Frente a quienes se erigen en guardianes de la racionalidad postnacionalista, yo declaro mi pasión irracional por este nuestro México desgarrado. Es un amor mítico, cursi, pero absolutamente real. Y ya entrado en gastos, pese a su mercantilización, expreso también mi apasionamiento por los deportes. En este Londres 2012 he admirado las proezas de representantes de otras naciones, me he entusiasmado con las medallas ganadas por los mexicanos y me he desanimado al constatar que nuestro subdesarrollo también es deportivo.

Pero esto no me impide abrigar esperanzas de que ganemos —el plural va para los que nos desgastamos frente a la tele tanto como los jugadores en la cancha— el oro en el futbol. Y si lo logramos, habrá que ir al Ángel…

(Agustín Basave / El Universal para Yucatán Hoy)

 

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