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La verdadera amenaza a la seguridad nacional es el drama que millones de jóvenes mexicanos viven diariamente al no encontrar oportunidades de estudio, de trabajo digno y de desarrollo personal, al constatar la miseria del presente y lo incierto de su futuro o al verse obligatoriamente forzados a la emigración o a entrar en el callejón sin salida de la delincuencia. Es el desperdicio de millones de potencialidades personales que pone en riego al mismo tiempo la visión de México como país generoso y seguro para todos sus habitantes.
Voces de alarma se levantan frecuentemente para denunciar esta situación, como la del rector de la UNAM, José Narro Robles, en la apertura de cursos esta semana, donde señaló: “como se ha reiterado incansablemente, nuestro país tiene un rezago en materia de educación superior; de cada 10 jóvenes en edad de estudiar, siete no pueden hacerlo por falta de opciones y oportunidades educativas; esto no es justo para nuestros jóvenes; si no queremos rezagarnos todavía más en el concierto internacional, tenemos que invertir más en educación superior, convertirla en prioridad nacional; sin más opciones educativas para nuestros jóvenes, se hipoteca el futuro de la nación”. Dijo más el rector: “¿cómo pasar por alto que tenemos 5.4 millones de personas analfabetas, incluido más de medio millón de jóvenes de entre 15 y 29 años?... otro problema que nos atañe de manera especial es la limitada cobertura en educación media superior, que ya es parte de la enseñanza obligatoria. Algo semejante sucede con la que se registra en el nivel superior... podríamos y deberíamos, al menos, duplicar la cobertura del nivel superior. Lograr estas metas servirá para reducir el número de jóvenes que no estudian ni trabajan”.
Pero el triunfalismo de la administración del presidente Calderón, triunfalismo exacerbado hasta la nausea en estos meses finales de su gobierno, da oídos sordos a esos reclamos en pro de la generación de un movimiento catalizador de esfuerzos de toda la sociedad mexicana para combatir y revertir esta lamentable situación de muchos de nuestros jóvenes, de esas voces que piden que las acciones de gobierno sean bien reencauzadas en una política de Estado hacia los objetivos de una mayor y mejor educación, de un crecimiento económico más fuerte y sostenido y de una reactivación de los mecanismos de movilidad social, en lugar de dejarlas empantanadas en una estrategia fallida de lucha contra el narcotráfico que no tiene posibilidades de éxito y que, al contrario, empuja a la sociedad mexicana a un abismo sin fondo de violencia y crimen.
Por ese desinterés hacia los jóvenes, este 12 de agosto otra vez sólo nominalmente se conmemoró el Día Nacional de la Juventud, instituido en 2010 para acompañar el Día Internacional de la Juventud de la ONU. Uno hubiera esperado que la ocasión sirviera para el planteamiento al más alto nivel gubernamental de acciones trascendentes para resolver la problemática de los jóvenes, pero hubo mutis total al respecto; en esta capital, solamente el Instituto Mexicano de la Juventud y el Instituto de la Juventud del Distrito Federal organizaron algunos modestos actos deportivos y artísticos. Allí, Miguel Ángel Carreón, director general del Imjuve, comentó que “los jóvenes mexicanos son ´bien entrones´ y son (sic) este sector de la sociedad los que están construyendo al México contemporáneo… somos los jóvenes los que vamos a cambiar la trayectoria de la nación, porque estamos haciendo la diferencia”. Pues así debiera ser, efectivamente, ya que, según sus propias palabras, “nuestro país es joven, ya que más del 55 por ciento de la población es menor de 29 años”, pero, desafortunadamente, ese mayoritario segmento de la población no cuenta en general con los medios para alcanzar esos altos fines.
¡Claro!, ahora algunos se quieren colgar las 7 medallas que los jóvenes deportistas mexicanos ganaron en la Olimpiada de Londres para ensalzar “logros” gubernamentales en relación a la juventud: “en el México de hoy, el deporte y la activación física se perfilan, tal como usted (el presidente Calderón) lo delineó en el Programa Nacional de Cultura Física y Deporte de su gobierno, como un eje importante para el desarrollo nacional”, aseveró en discurso estos días el doctor José Ángel Córdova Villalobos, secretario de Educación Pública, quien agregó: “el avance que nuestro país ha tenido en el deporte queda patente con los resultados recientes de los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011 y de los Juegos Olímpicos de Londres, en los que hicimos historia al obtener, por primera vez, una Medalla, y de Oro, en el fútbol, dentro de otras tantas medallas que, también, se obtuvieron”. ¡Que sea menos! No podemos, claro, desairar el esfuerzo de la juventud mexicana en Londres 2012, o en Guadalajara 2011, pero una importante cuestión salta a la vista: los resultados obtenidos, aún siendo buenos, están muy debajo de las potencialidades de México, debido sobre todo a que la amplísima mayoría de los jóvenes en nuestro país no cuentan con los medios técnicos ni financieros, ni las facilidades de espacios y de organización, ya no para destacar como deportistas de excelencia sino simplemente para practicar un deporte o actividad intensa y estar así en buena forma física.
Una política de Estado para los jóvenes en México no debe agotarse tampoco en el otorgamiento de becas o modestos apoyos monetarios a jóvenes de escasos recursos. Sí, éstos apoyos pueden ser coyunturalmente de gran importancia para muchos de ellos, pero en general un medio ambiente propicio para el pleno desarrollo de la juventud requiere de un programa integral de gran alcance, que incluya el mayor grado posible de educación de buena calidad y oportuna, acceso a un eficaz sistema de salud, oportunidades crecientes de trabajo digno y adecuada remuneración en los diferentes niveles de la escala laboral. Es sumamente lamentable ver la gran proporción de nuestros jóvenes “ocupados” en labores tan ínfimas como repartir volantes, vender chucherías, cuidar coches y tantas otras tareas en que la informalidad disfraza o esconde nuestra ineficiencia económica y nuestra desigualdad social.
La estrategia para el mejoramiento de la juventud incluye también facilidades para actividades deportivas y de sana recreación, un tejido social reconstituido, del cual se hayan eliminado los atractivos de las inmensas ganancias fáciles que dan la corrupción y el delito, y donde en su lugar haya un respeto natural a los valores del mérito, la tolerancia, la convivencia y, last but not least, la formación bajo los mejores principios de ética y moralidad.
¿Es éste un esquema ideal?, sí, claro, pero sería la meta clara a la que una sociedad como la mexicana, integrada mayoritariamente por niños y jóvenes, debería de aspirar y poner el máximo de sus esfuerzos en tratar de lograrla. No es por supuesto sólo una tarea de los gobiernos en sus diferentes niveles, aunque sí de ellos ha de provenir la guía que conduzca el esfuerzo más general, pero han de participar activamente organizaciones civiles y ciudadanas diversas, sindicatos y, claro, las organizaciones privadas y empresariales, que sería capaces de movilizar ingentes medios para la obtención de los fines señalados. Es curiosa y lamentable la limitada actividad, sino es que la ausencia, de la filantropía de los grandes grupos financiero-empresariales mexicanos en la estrategia para valorizar a la juventud de nuestro país. Habrían de mostrar mayor solidaridad social.
La infame violencia desatada en nuestro país nos hace evidente el grave riesgo que ella representa, pero debemos estar conscientes de que el mayor peligro para la seguridad nacional en nuestro país es que la juventud mexicana encuentre cerrados los caminos de su educación, su trabajo, su formación y su progreso.
(Juan José Huerta / Talla Política) |