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22 de Enero de 2018

PASCAL BELTRÁN DEL RÍO 

A menos de que ocurriera una destitución del Presidente de Estados Unidos —que muchos desean, pero que se ve poco factible por ahora—, al próximo Presidente de México le tocará tratar y seguramente lidiar con Donald Trump, por lo menos hasta enero de 2020, es decir, durante casi dos años y dos meses.

¿Cuál sería la mejor estrategia para hacerlo? ¿Qué tipo de comportamiento requiere el próximo mandatario frente a un hombre imprevisible, que gusta de elevar las apuestas y lanzar en Twitter lo primero que le pasa por la cabeza?

No hace falta recordar que Donald Trump se lanzó en pos de la Casa Blanca, en junio de 2015, con una serie de descalificaciones hacia México y los mexicanos.

Durante la campaña electoral, se refirió varias veces al peligro que representaba para los estadunidenses la vecindad con México —prometiendo construir un muro fronterizo entre el Pacífico y el Golfo de México— y denunció al Tratado de Libre Comercio de América del Norte como un acuerdo que favorecía, sobre todo, a México.

Es innegable que dichas posiciones estuvieron entre los factores que hicieron triunfar a Trump. Una vez que tomó posesión de la Casa Blanca, el mandatario se ha dedicado a repetir esos mantras, con mayor o menor fuerza.

E incluso, cuando parece bajar su beligerancia —hace unos días dijo que la renegociación del TLCAN podría esperar hasta después de las elecciones presidenciales en México—, nunca tarda en volver a la carga, asegurando que sacará a su país del Tratado si no logra modificaciones a su gusto y que obligará a México a pagar por el muro fronterizo.

En un artículo aparecido ayer, el doctor Luis Rubio, presidente del Centro de Investigación para el Desarrollo, argumentó impecablemente que México ha tenido una buena postura negociadora ante Trump, pero que, al negarle un triunfo en los temas que lo hicieron ganar la elección (el TLCAN y el muro), se mantiene la insatisfacción del Presidente de Estados Unidos y esto representa un peligro para México.

“En una palabra, Trump tiene que lograr una victoria, así sea simbólica, que le permita decirle a su base ‘yo cumplí’”, escribió Rubio. “El equipo mexicano de negociación (del TLCAN) no parece reconocer este elemento clave en su estrategia”.

En el libro Fire and fury sobre el primer año de Trump en la Casa Blanca, el periodista Michael Wolff dice que el presidente Enrique Peña Nieto perdió la oportunidad de “seguir el juego” a Trump en el tema de la financiación del muro fronterizo. El libro relata que Trump se enfureció cuando supo que Peña Nieto había dicho, en un mensaje televisado, que México no pagaría por el muro y que entonces había lanzado un tuit en el que sentenció que, si ese era el caso, lo mejor era cancelar la visita que el mexicano iba a hacer a Washington. “Y Peña Nieto hizo exactamente eso”, escribió Wolff.

¿Podría México seguir el juego a Trump, a la manera de otros países, como China y Arabia Saudita, regalándole una victoria simbólica, aunque al final, como han hecho esos países, no le diera nada? Si bien tal táctica parecería tener lógica desde el punto de vista estratégico, seguramente resulta inviable a la luz del nacionalismo mexicano, para el cual la menor insinuación de una claudicación frente a Estados Unidos es un acto de alta traición.

México está, pues, en el peor de los mundos. Su Presidente —el de hoy o el de mañana— está impedido de darle por su lado a Trump, aunque con esa postura sólo logre mantener al mandatario estadunidense con la guardia en alto y dispuesto a castigar al vecino del sur.

El viernes pasado, el columnista Andrés Oppenheimer me comentó en Imagen Radio que estaba convencido que Trump preferiría a un Presidente de México que lo rete abiertamente a uno que trate de razonar con él. Por eso, me dijo, Trump quiere a Andrés Manuel López Obrador como interlocutor.

Casualmente, un día antes, López Obrador dijo en Veracruz que cada vez que Trump usara las redes sociales para hablar mal de México, él le contestaría directamente, por la misma vía. “Lo vamos a poner en su sitio”, dijo el aspirante presidencial. Algo similar dijo el también precandidato Ricardo Anaya. “Se lo vamos a decir en su propio idioma para que no quede duda”. Y agregó: “Nunca más México se volverá a poner de tapete frente al gobierno de Estados Unidos, como ha ocurrido con este gobierno”.

Está claro que el nacionalismo mexicano está alimentando esta retórica. Pero hay que preguntarse si hacer justo lo que Trump está esperando del próximo Presidente mexicano sea lo que más beneficia al país.

 

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