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Wardah Khalid
Nota del editor: Wardah Khalid es analista, activista y oradora en temas como Medio Oriente, refugiados y asuntos musulmanes. Síguela en Twitter como @wardahkhalid. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) — El anuncio de Donald Trump sobre que reconocería a Jerusalén como la capital de Israel y que mudaría a la embajada estadounidense a la Ciudad Santa pareció, al menos en la superficie, principalmente ceremonial.
En su mensaje no especificó cómo ayudaría al proceso de paz en Medio Oriente y al parecer la intención era apaciguar al primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y a quienes lo eligieron presidente.
Pero ninguna ceremonia puede escapar a las consecuencias muy reales y negativas que podrían resultar del cambio en las políticas estadounidenses, tales como la deslegitimación absoluta de la mediación de Estados Unidos en las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos, la inestabilidad regional y la pérdida de aliados árabes y musulmanes clave.

"Aunque esta ha sido una promesa importante de las campañas de otros presidentes, no la cumplieron. Hoy, yo la cumpliré", dijo Trump en un discurso el 6 de diciembre por la tarde.
Pero en privado, hizo exactamente lo contrario. Trump siguió discretamente el ejemplo de los presidentes anteriores y firmó una exención para que la embajada estadounidense se quede en Tel Aviv durante los próximos seis meses. Lo más probable es que haga lo mismo de ahora en adelante porque mudar una embajada puede tomar años.
Entonces, ¿por qué tanto alboroto? Tal vez Trump pensó que así tendría lo mejor de ambos mundos: retórica dura con pocos sacrificios y un medio para apoyar a Israel mientras desafía tácitamente a Irán, como hizo con su singular y poco exitoso ataque aéreo en Siria.

Sin embargo, los líderes internacionales tienen razón en estar preocupados. Con este anuncio, esencialmente se legitima la anexión a Israel de Jerusalén Oriental, cosa que la comunidad internacional rechazó de forma unánime en la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU. Después del anuncio, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley, insistió en que Trump no estaba decidiendo quién controla la zona, pero es difícil ignorar la realidad.

Reconocer a Jerusalén como capital de Israel y mudar allá la embajada estadounidense tendrá un impacto perjudicial en las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos, proceso que, para muchos, nunca ha sido una verdadera prioridad para Estados Unidos. Tal vez lo más grave sea que probablemente se intensifique la ocupación militar israelí y la construcción de asentamientos en tierras palestinas, situación que sería totalmente contraria y perjudicial para el proceso de paz.
La intensificación de la ocupación significaría la continuación de décadas de privación de los derechos humanos básicos de hombres, mujeres y niños palestinos, tales como la libertad de tránsito, el libre acceso a los recursos y el derecho a no ser objeto de tratos crueles y degradantes.

En respuesta, los líderes palestinos llamaron a llevar a cabo protestas durante tres días. Los gazatíes, los turcos y los jordanos ya salieron a las calles para manifestarse. No es descabellado pensar que las tensiones entre israelíes y palestinos se intensificarán, como ocurrió el año en el que instalaron detectores de metales en la mezquita de Al Aqsa. Tampoco es irracional preocuparse por que estalle una tercera intifada, lo que podría dejar muchos muertos en ambos lados. El Departamento de Estado de Estados Unidos no solo emitió una alerta sobre los viajes a la región, sino que creó un equipo de trabajo de emergencia para lidiar con las posibles consecuencias.

Esto se debe a que la ilegalidad de la ocupación israelí de Palestina es algo en lo que prácticamente todo el mundo musulmán está de acuerdo.
El que Trump se inmiscuya en esto es peligroso para la política exterior estadounidense. De hecho, la Organización para la Cooperación Islámica (OIC, por sus siglas en inglés) —que se compone de 57 Estados musulmanes y árabes— condenó las medidas "ilegales" cuyo objeto es imponer la autoridad israelí en Jerusalén "en vista de las consecuencias y las amenazas graves que esto representa para la paz y la seguridad internacionales".

Muchos de los miembros de la OIC, entre ellos Turquía, Egipto y Jordania, son aliados de Estados Unidos en la lucha contra ISIS en Iraq y Siria y albergan bases militares estadounidenses, así que el personal militar estadounidense podría quedar en riesgo. El presidente de Turquía, Tayyip Erdogan, dijo que el reconocimiento de Jerusalén sería una "línea roja" para los musulmanes y advirtió que Turquía respondería cortando lazos diplomáticos con Israel. Otros países podrían hacer lo mismo.
Los aliados de Estados Unidos en Asia y Europa también han manifestado su preocupación; ocho países —incluidos Francia y Reino Unido— solicitaron a la ONU una reunión de emergencia. A Estados Unidos ciertamente no le conviene estar en esta posición.
La historia determinará el verdadero impacto de la decisión de Trump. Pero romper con el resto del mundo para cumplir una promesa de campaña no es simbólico… es peligroso.

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