Fundador: Alberto Loret de Mola / Director General: Cristián Loret de Mola
Director General Adjunto: Amira Ibrahim Ruano
Directora Comercial: Patricia Loret de Mola

Por Eduardo Camacho

Se podría asentar que una de las primeras manifestaciones violentas del crimen organizado en Quintana Roo, o cuando menos la primera de grandes repercusiones, ocurrió el 12 de abril de 1993, cuando fue asesinado en la zona hotelera Rafael Aguilar Guajardo, uno de los capos fundadores del Cártel de Juárez, ex integrante de la extinta Dirección Federal de Seguridad y cuya muerte fue ordenada por Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los cielos”, para obtener el control absoluto de ese poderoso narcogrupo.

Eso en lo que respecta a las primeras ejecuciones, porque la presencia del narco en territorio quintanarroense es seguramente tan antigua como la historia misma del narcotráfico en nuestro país, que ha tenido en Quintana Roo uno de los “trampolines” más efectivos para el trasiego de cocaína hacia el voraz mercado de Norteamérica.

El gran problema es que Cancún, como prácticamente todas las ciudades del país, es ya también un centro de distribución y consumo de droga muy atractivo y redituable, por lo que la “plaza” es peleada con toda ferocidad y crueldad por las células delictivas, que ya ampliaron su gama de ilícitos con el secuestro, la extorsión y el tráfico de personas.

Hasta inicios del presente siglo, la violencia generada por los cárteles era poca y muy selectiva, porque la mayoría de las disputas se concentraban entre los altos mandos de las organizaciones delictivas, que en lo general trataban de negociar y repartirse los territorios para evitar derramamientos de sangre innecesarios e inconvenientes para sus lucrativos negocios.

Había también cierta mediación del gobierno federal, para mantener la mayor calma posible. Los especialistas en el tema del narcotráfico señalan que fue el entonces presidente Ernesto Zedillo (1994-2000), quien rompió esa relación y acuerdos con los grupos del narco, y detonó una cruenta y prolongada guerra que ya ha cobrado la vida de cuando menos unas 100 mil personas y 30 mil desaparecidos.

Sin la intermediación conciliatoria de la autoridad federal, los cárteles se enfrascaron en interminables enfrentamientos para ganar territorios y superar a sus competidores. Irónicamente, los grupos delictivos se fortalecieron en lugar de debilitarse, pese a que las fuerzas armadas entraron frontalmente a combatirlos.

Los cárteles se armaron hasta los dientes e implementaron prácticas más sanguinarias contra sus enemigos. Los temidos “Zetas” tuvieron mucho que ver en esto, y lamentablemente Quintana Roo estuvo bajo su cruento dominio durante varios años, hasta su debilitamiento hace unos cinco años, cuando empiezan a pelear la “plaza” los carteles del Golfo, los Pelones (Cártel de Sinaloa), el Cártel Jalisco Nueva Generación y el Cártel de Cancún.

Son ya más de 80 las ejecuciones en esta primera mitad del 2017 (solamente en Cancún), cuando en todo el 2016 se registraron menos de 50, y lógicamente hay preocupación en los gobiernos estatal y federal (el gobierno municipal de Remberto Estrada al parecer vive en otra dimensión), porque está en riesgo la imagen y el prestigio del destino turístico más importante de la República.

La Secretaría federal de Turismo (Sectur) anunció un programa piloto de seguridad para Cancún, Los Cabos y Acapulco, pero por lo anunciado hasta ahora nada hace pensar que cambiará sustantivamente esta crítica realidad. Está más que corroborado que con la llegada de más policías y militares, no se ha logrado contener la creciente ola delictiva que afecta a muchas entidades y destinos turísticos.

Los empresarios hoteleros ven en riesgos sus inversiones, y proponen por su parte aportar equipos y recursos para crear una policía turística más efectiva, lo que se agradece pero sólo favorecerá a la zona hotelera, cuando la mayoría de los enfrentamientos y ejecuciones ocurren en la zona centro y en las regiones y colonias populares de Cancún y Playa del Carmen.

Es decir, de entrada no se extirparía una de las múltiples raíces del problema, que es el posicionamiento y operación de las células delictivas en las zonas urbanas, en donde matan, extorsionan, secuestran y roban casi siempre con total impunidad.

Por cierto, los grandes cárteles parecen marchar hacia su desaparición, para ser relevados por los mini-carteles o células que ya funcionan, como sucedió también en Colombia, en donde se calcula que hay más de mil mini-carteles que operan sin la vistosidad de las grandes organizaciones lideradas por aquellos grandes y legendarios capos tanto colombianos como mexicanos.

La diferencia es que en Colombia descendió la violencia producida por el narco, mientras que en México, Cancún incluido, siguen a la alza los saldos rojos de los grupos delictivos.

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