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PASCAL BELTRÁN DEL RÍO

14 de Febrero de 2018

 

México comenzó esta semana con una pésima noticia. Quizá, al leer esto, usted diga: “una más”. Pero ésta es terrible de verdad: el creciente involucramiento de la juventud en el secuestro.

Pocos delitos hacen tanto daño a una sociedad como éste. No sólo tiene unas secuelas terribles para las víctimas y su entorno, sino también implica un nivel de organización que muchas veces compromete a familias completas y requiere de la connivencia de autoridades corruptas.

En el informe que presentó el lunes Alto al Secuestro –la organización que dirige Isabel Miranda de Wallace– salió a relucir la participación de policías y expolicías en la comisión de ese delito.

Sin que deje de ser un dato aterrador que quienes tienen la obligación constitucional de protegernos sean parte de ese negocio criminal, lo que más me mortificó personalmente es saber cuántos jóvenes han sido detenidos por estar metidos en bandas de plagiarios.

De acuerdo con datos de Alto al Secuestro, 5.7% de los procesados por secuestro entre 2012 y 2017 son menores de edad.

El hecho de que estos 486 jóvenes hayan participado en plagios –según Miranda de Wallace, en todas las funciones de este giro delictivo salvo la negociación de los rescates– es una clara derrota del Estado mexicano. Y cuando digo Estado, me refiero al sentido más preciso del término. Es una derrota de gobernantes y gobernados. Todos somos responsables en algún grado de este espeluznante hecho y a todos nos afecta.

Estos jóvenes secuestradores tendrían que haber estado en la escuela, no siendo parte de este atroz delito.

¿Dónde estaban las autoridades que no lo supieron o si lo supieron se hicieron de la vista gorda?

Pero también preguntémonos dónde estaban sus padres o tutores y el resto de sus familiares. Y dónde estaban sus maestros, sus vecinos y sus conocidos.

¿Qué pasó con la noción de que lo que le pasa a un niño es asunto de todos?

Habrá quienes quieran simplificar las causas de este drama: “Es por pobreza”. Y también, quizá los mismos, digan que la solución es sencilla: “Denles una beca” (como si fuera imposible que alguien sea simultáneamente becario y sicario).

El tema va más allá del dinero. Es, sobre todo, de expectativas y modelos sociales.

Y la solución pasa necesariamente por tener una política pública que ponga la educación en el centro de las prioridades de todos. Para eso se requiere tener buenos maestros, buenos planes de estudio y una conexión eficiente entre la enseñanza y el mundo laboral, donde germinan los sueños de la mayoría.

Tener a tantos niños metidos en el negocio del secuestro es el síntoma de una terrible enfermedad: un país desarticulado y sin valores en el que cada quien ve por sus intereses y le importa poco sus semejantes, donde el dinero es más apreciado que la contribución a la sociedad.

También vale la pena destacar que la enfermedad es más grave en unos estados que en otros. Tamaulipas, con 77 casos de menores involucrados en secuestros; el Estado de México, con 62, y Guerrero, con 52, son las entidades más afectadas.

Pena debiera darles a las autoridades de esos estados, que provienen de todos los partidos políticos. Las actuales y las que gobernaron durante los primeros años de vida de esos jóvenes.

El que no las hayamos escuchado decir nada desde el lunes sobre este tema –ni siquiera para expresar los pretextos de siempre– es una muestra clara de lo poco que les importa un problema del que ellas son las primeras responsables.

Pero no nos quedemos en los casos revelados. Bien podemos imaginar que en lapso que pasó entre que yo escribí estas líneas y usted las leyó, en algún lugar unos jóvenes, casi niños, informaron sobre potenciales blancos de plagio, ejecutaron levantones o cuidaron que las víctimas no escaparan.

Y, júrelo usted, en ese tiempo ninguna autoridad se preocupó por pedir a Alto al Secuestro los datos (que ya debiera tener) sobre el lugar de procedencia de los chavos detenidos por plagio y sus historias de vida, para proponer alguna política pública que signifique un dique para impedir que siga subiendo esta tenebrosa marea.

Porque de toda la tragedia de inseguridad que hemos vivido los mexicanos a lo largo de los últimos 23 años –espero que no se nos hayan olvidado las fechorías de El Mochaorejas–, lo que más asusta es lo poco que hemos aprendido sobre sus causas, así como la indolencia de todos, comenzando por las autoridades, para hacerles frente.

Que nadie se equivoque: incluso el más grave de los problemas sociales tiene remedio cuando hay una sociedad organizada con ganas de enfrentarlo.

Excelsior

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