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La carga simbólica del partido de futbol que hoy disputan las selecciones de México y Brasil, rebasa con mucho el ámbito deportivo. Está en juego la medalla de oro, pero también dos potentes dualismos: vida y muerte.
Llegar al podio de los vencedores equivale a vida; quedar abajo, a defunción. Triunfar es engañar a la muerte; perder, menoscabar la vida. Sólo son símbolos, pero su carga emotiva rebasa con mucho los linderos de la razón. Un buen resultado exalta el orgullo y provoca optimismos; uno malo, aviva resentimientos y desata pasiones. Por eso en la victoria prevalece el “nosotros”, los buenos; pero en la derrota prima el “ellos”, los malos.
El mundo deportivo está poblado de héroes y villanos. Hoy, los integrantes de la Selección olímpica deben asumir uno u otro rol y convertirse, quiéranlo o no, en objetos del mito colectivo. Y es en el mito donde se coluden los postulados más secretos, más virulentos y más turbadores del deporte. No sólo juegan dos equipos; lo hacen todo México y todo Brasil, ambos enfrascados en una feroz lucha por el prestigio nacional. El escritor George Orwell (1903 – 1950) dijo: “El deporte es una guerra sin armas”. De ahí que el entusiasmo por el triunfo suele llegar al paroxismo; y la decepción por la derrota, al absurdo. El español Pedro Calderón De La Barca advirtió: “el caer no debe quitar la gloria de haber subido”. Sin embargo, Héctor Huerta y Guillermo Dallamary, en su libro Tiempo y espacio, dicen. Todos entendemos el lenguaje simbólico del triunfo y la derrota, porque todos sabemos del dualismo vida y muerte. No importa el idioma, triunfo y derrota tienen lenguaje universal… Sin embargo, en México algunas veces, al tocarse el resultado de la Selección nacional, se ha caído en una desviación. Cuando gana se conjuga así el verbo: “Ganamos”. Pero cuando pierde, se elude la conjugación nos, para transformarla a: “Perdieron.”… Perder es entrar en un vacío, en la depresión, en el ocultamiento para eludir las miradas acusatorias que delaten la incapacidad... Ganar, en cambio responde a una euforia permitida, a ser elegido como miembro destacado de una colectividad… equivale a un mundo maravilloso, color de rosa, con admiradores a la puerta de la casa”.
El ex futbolista inglés Alan Ball, al recordar su participación en la Copa Mundial de 1966, admitió: “Yo no sentía que estuviera jugando para Inglaterra; sentía que yo era Inglaterra”. De ser así, hoy el Tri no juega para México; es México. Sin embargo, cualquiera que sea el resultado, lo deseable es que se tome con moderación, puesto que, según el novelista Rudyard Kipling (1865- 1936), “victoria y fracaso son dos impostores, y hay que recibirlos con idéntica serenidad y un saludable punto de desdén”.
(Javier Vargas / El Universal para Yucatán Hoy) |