Fundador:
Alberto Loret de Mola / Director General: Cristián Loret de Mola.

De los casi mil sitios arqueológicos registrados y esparcidos a lo largo del estado mexicano de Campeche, al sureste del país, Xcalumkín dista de ser el más impresionante. Tan solo 85 kilómetros al noroeste de la capital del estado (que también se llama Campeche), luce, a primera vista, como unas cuantas laderas a medio excavar. La mañana sofocante de mayo en la que lo visité, la selva cubierta de maleza estaba seca y brillante –casi como algo radiactivo– mientras que el cielo azul intenso servía de fondo. Pero esta abstracción de ciudad de pronto cobró vida. Las colinas revelaron que realmente eran pirámides; los campos se convirtieron en plazas: la entrada de una cueva que se abría de repente en el suelo —con un árbol, como un cordón umbilical, que crece desde su centro— dejó entrever el cenote debajo.

Esa mañana salí camino a la zona arqueológica acompañado de Rubí Peniche Lozano, quien administra un restaurante llamado Capuchino en el centro histórico de Campeche, una ciudad hermosa y extravagante al poniente de la península de Yucatán. Su hija, Ada, maestra local, nos acompañó, al igual que Lirio Suárez Améndola, exdelegada del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
Suárez Améndola nos dio un recorrido por el sitio, señalando las desembocaduras escondidas de cisternas llamadas chultunes y contándonos las mejores hipótesis del INAH en relación con lo que podría haber sido cada estructura. Nos dijo que Xcalumkín probablemente había existido desde el comienzo del milenio, pero, como muchos asentamientos en esta parte de la península, habría florecido entre el siglo VIII y X, como parte de una vasta red de ciudades-Estado y pueblos vasallos que conformaron el mundo maya clásico. Para el año 950 d. de C., ese mundo prácticamente había desaparecido.
“Para hacer el estuco con el que solían cubrir edificios y pavimentar las calles, necesitaban carbón, así que imagínate cuántos árboles necesitaban”, comentó mientras mirábamos hacia el cenote. “Acabaron con sus fuentes de agua, cortaron todos los árboles. La temperatura se elevó dos grados. Cambiaron el clima por completo”. Suárez Améndola sonaba como al borde de la exasperación.

“Muchas personas tienen una concepción muy romántica de los mayas, que vivieron en armonía con la naturaleza y cosas por el estilo, pero eso no es cierto. Eran tal como nosotros: seres humanos”.

Llegamos a Xcalumkín en auto, yendo hacia el norte por la moderna autopista que conecta a Campeche con Mérida, en el vecino estado de Yucatán, y siguiendo la ruta del Camino Real; me dijeron que esta se construyó para la visita de Carlota, emperatriz de Habsburgo, quien reinó en México durante un periodo muy corto a fines del siglo XIX. Nos detuvimos en Kankí y Acanmul, sitios que, a pesar de estar al lado de la autopista, casi no reciben visitantes.
En el hermoso remanso colonial de Hecelchakán desayunamos en un enorme puesto en la plaza central que es tan famoso que no necesita nombre. A lo largo de cuatro generaciones y de cuarenta años, la familia que lo dirige ha servido la mejor cochinita pibil, cerdo adobado que se cocina en un horno de tierra, y el mejor relleno negro, un estofado cenizo de guajolote o pavo y cerdo molidos que se tiñe de negro por los chiles asados. Casi todos los días, la cochinita pibil se acaba antes del mediodía y el relleno negro, más temprano.

Por la tarde fuimos a pueblos de artesanos, como Dzitbalché, conocido por sus blusas bordadas, y Bécal, donde se tejen los sombreros de jipijapa más finos de todo México, hechos con hilos de palma tan delgados como cabellos que obtienen de cuevas subterráneas húmedas. En todo el día, no nos cruzamos con ningún otro viajero.

A pesar de la caja de sorpresas de color pastel que es su capital, de su rica historia arqueológica, del puñado de hoteles de primera y de la gastronomía que puede competir con cualquiera de la península, Campeche, por fortuna, sigue contando con pocos turistas.

La principal atracción campechana debería ser la antigua ciudad maya de Calakmul, que fue una poderosa ciudad-Estado en el mundo maya clásico y ahora es un inmenso sitio arqueológico en lo más profundo de los bosques tropicales de la Reserva de la Biósfera de Calakmul, que tiene una extensión de 7231 kilómetros cuadrados. Sin embargo, mientras que Chichén Itzá y Tulum, en los estados aledaños de Yucatán y Quintana Roo, respectivamente, atraen hasta a 5500 visitantes diarios, Calakmul apenas recibe a cien. En mi primer viaje a Campeche, en febrero de 2017 (un mes relativamente fresco y seco en el sur tropical de México), Calakmul fue justo lo que vine a ver.

Desde principios del siglo X hasta finales de la década de 1920 –cuando, según la tradición oral de los recolectores de caucho o hule locales, un buscador de oro estadounidense vio el sitio desde un avión que volaba a baja altura–, Calakmul se perdió en el tiempo y la memoria (el INAH registró su existencia de manera oficial en 1931). Durante los cincuenta años que siguieron, los recolectores de hule que trabajaban en la selva se llevaron fragmentos de los jeroglíficos de las estelas monolíticas de la ciudad, vendiendo la historia registrada de la ciudad pieza por pieza. Las excavaciones no comenzaron de manera oficial sino hasta los años ochenta.
Para llegar a Calakmul, conduje durante horas por caminos pavimentados en buen estado aunque con algunas trampas a causa de topes mal señalizados, e hice una escala en El Cachimbazo, un restaurante costero en el pueblo de Champotón, para degustar cebiche y el platillo no oficial del estado de Campeche, el pan de cazón: capas de tortilla y una especie de tiburón desmenuzado bañadas con salsa de tomate, con el colorido toque final de un chile habanero completo.

Antes de entrar a la Reserva de la Biósfera de Calakmul, dejé mis cosas en un sereno hotel ecológico llamado Puerta Calakmul, que es, por mucho, el mejor hotel en la zona (los precios de temporada alta inician en 175 dólares), y crucé la calle para ver el friso de estuco bellamente conservado en Balamkú, uno de los muchos sitios arqueológicos pequeños en el área. Al atardecer hice un recorrido de cinco minutos en auto para ver millones de murciélagos salir de la boca de una cueva escondida y volar en espiral hacia el cielo. Al amanecer del día siguiente, me levanté con el llamado de los monos aulladores. Los últimos noventa minutos del viaje por auto hasta el sitio arqueológico son ya dentro del parque.
De camino, recogí a mi guía, Manuel Pech, quien ha vivido la mayor parte de su vida en el poblado cercano de Conhuas. Me dijo que había regresado un año antes de la capital, donde estudió biología, porque “quería salvar al mundo”. Parece que haber crecido cerca de las ruinas lo ha hecho creer que el colapso de la civilización es algo inminente, más que hipotético.

Pech y yo pasamos casi tres horas en Calakmul aquella mañana, deambulando por los cimientos perdidos de un sinfín de edificaciones. En el centro ceremonial, subimos una empinada escalera de piedra hasta la cima de la pirámide más alta. Hace 1500 años, reyes y sacerdotes celebraban aquí sus ceremonias —coronaciones, quizá, o sacrificios, aunque nadie lo sabe con certeza— mirando desde lo alto aquella ciudad de 50.000 habitantes y calzadas pavimentadas con estuco, llamadas sakbés o sacbés, que se esparcían desde el centro.

El paisaje que vi fue distinto. La selva se extendía hasta donde alcanzaba la vista en todas direcciones. Hacia el sur, estaba Guatemala; al norte, el horizonte ondulaba como el calor. “De esas colinas de ahí”, me explicó Pech, “no sabemos cuáles son solo montañas y cuáles son pirámides que no hemos descubierto todavía”. Las únicas señales de vida humana eran los picos de las otras dos grandes pirámides de Calakmul, que se asomaban entre las copas de los árboles, como montañas entre las nubes.

Me fui de Calakmul al día siguiente y conduje hacia el este, con una parada en Becán (donde una serie de plazas y edificios públicos interconectados sugieren cómo era la forma de la vida cotidiana de los mayas) y otra en Chicanná, que alguna vez fue el suburbio aristócrata de Becán y que en la actualidad es otro asentamiento de piedra abandonado en la selva, donde los restos de mansiones muy ornamentadas revelan un mundo tan estratificado como el nuestro. Desde Xpuhil —la última de las ruinas a lo largo de la autopista, a unos cuarenta minutos en auto de Puerta Calakmul— me dirigí hacia el norte por un camino recién pavimentado de dos carriles que cruza 64 kilómetros de selva y desde donde no se avista casi ningún asentamiento humano. Los árboles a lo largo del camino eran de un tono más amarillento que verde. Enjambres de mariposas se paseaban entre ellos como si tuvieran miles de cosas que hacer.
La ruta panorámica me llevó por pueblos lánguidos como Dzitbalché e Iturbide, y a las bellas y solitarias ruinas de Dzibilnocac y Hochob, esculpidas de manera compleja en un estilo arquitectónico conocido hoy como de Chenes, que Suárez Améndola describió como el “barroco maya”. Unos cuarenta kilómetros antes de Campeche, me detuve en Edzná, cuyas galerías cuidadosamente reconstruidas, pirámides y plazas abiertas rivalizan con las de Calakmul en cuanto a su grandeza. La zona arqueológica se ubica a poca distancia de la Hacienda Uayamón —el hotel más lujoso de Campeche, ubicado en los vestigios restaurados de una plantación de henequén del siglo XVIII—.

Edzná es el sitio arqueológico más popular de Campeche. A pesar de ello, el día en que lo visité había más iguanas que gente. Cuando llegué a Campeche aquella noche, me hospedé en otro hotel que también es parte de Hacienda Uayamón, el Hacienda Puerta Campeche, que se encuentra del otro lado de las murallas de la ciudad (las tarifas durante la temporada alta inician en 418 dólares).

Al igual que la mayoría de las haciendas en la península, Uayamón —que está a unos veinte minutos en auto desde la ciudad— se fundó en el siglo XVIII (aunque casi todos sus edificios datan del siglo XIX) para cultivar y procesar el henequén, una fibra resistente proveniente de una variedad de agave. A partir de 1870, los edificios donde ahora se encuentra Puerta Campeche sirvieron como el almacén de Uayamón y una tienda que vendía de todo, desde vinos importados hasta lentejas y caucho de las selvas del sur.

Para cuando el henequén se había convertido en el pilar de la economía de la península de Yucatán, la mayor parte del comercio había pasado de Campeche al recién construido puerto de Progreso, en la costa norte. Durante los siglos anteriores, Campeche, el segundo puerto más antiguo de México, había prosperado al margen de la ley. Aunque solo se encuentra a dos horas en avión desde Ciudad de México, en aquellos días, Campeche estaba lejos de los centros de poder colonial y era casi ingobernable. Cuando conocí al esposo de Peniche, el historiador Alejandro MacGregor González, oriundo del estado, me dijo: “¡El contrabando era la gloria de esta ciudad!”.
Me había invitado a desayunar en un sencillo local frente al parque Santa Ana, una encantadora plaza del otro lado de las murallas de la ciudad. Pidió dos botellas heladas de té negro dulce y dos trancas de lechón, la especialidad de la Taquería del Parque. El té, me explicó, combinó el primer cultivo intensivo colonial de Campeche, la caña de azúcar, con el té negro traído en los barcos pirata británicos en el siglo XVI. Las trancas eran tortas de lechón, un platillo de cerdo rostizado al estilo criollo proveniente del Caribe que se sirve sobre rebanadas de pan crocante traído por los corsarios franceses.

“Esa comida es muy yucateca”, comentó, señalando hacia el otro lado de la calle, a la Taquería Hecelchakán, que trae cochinita del poblado del mismo nombre cada mañana. “Y esto es muy campechano. ¡Toda nuestra cultura es una mezcla!”. En el resto de México, la palabra campechano se usa en el contexto gastronómico y quiere decir justo eso, mezcla, como, por ejemplo, en el taco campechano, hecho con carne y chorizo, o un cebiche campechano, hecho con camarón y cualquier otro marisco a la mano.

Durante el resto del día, MacGregor me mostró los alrededores del elegante centro histórico restaurado de su ciudad natal y sus márgenes al norte y al sur, donde las tranquilas calles desembocan en manglares y playas urbanas descuidadas. Me contó sobre los siglos de ataques piratas y las murallas de la ciudad —las últimas de su tipo en México— construidas para ahuyentarlos. Relató cómo sus propios ancestros, piratas escoceses, habían llegado aquí en el siglo XVII desde Charleston. Tomamos cervezas en el tranquilo malecón y observamos a los cormoranes sumergirse a poca profundidad en el agua. El nombre Campeche, según me explicó, se deriva de las palabras kaam, que significa espejo, y pech, que quiere decir aves en la casi extinta lengua maya local. “Campeche es literalmente ¡‘un espejo para las aves’!”, dijo. Nunca había conocido a nadie que hablara con tanta vehemencia, como con signos de exclamación.

Esa noche, caminé por las serenas calles empedradas a lo largo de casas color pastel donde hombres y mujeres mayores sacaban sillas a la acera para jugar cartas e intercambiar rumores. Para cenar, comí tamales y bebí agua de horchata de coco, espesa y dulce como una malteada, en el área de los Portales de San Martín, justo del otro lado de la vieja muralla de la ciudad (hay varios restaurantes pequeños, o antojerías, ubicados en los portales y todos sirven más o menos la misma comida). Traté de imaginar el pasado sangriento y sin ley de la ciudad, pero las imágenes nunca se materializaron. Si hoy Campeche es uno de los lugares más seguros de México, es, en parte, según me contó MacGregor, “a que tuvimos doscientos años de piratería, miedo y violencia. No estamos interesados en eso ahora”. Los piratas y los comerciantes, un hecho empírico de un pasado conocido, parecen más remotos y fantásticos que el mundo maya conjurado a partir de la piedra y la tierra.

En mayo regresé a Campeche, a pesar de la advertencia del calor durante esa temporada, para visitar un sitio arqueológico no lejos de Calakmul del que me había hablado Pech. Me contó que su abuelo lo había descubierto en 1950 durante su juventud como recolector de hule (casi todas las ruinas cercanas a Calakmul habrían sido descubiertas del mismo modo, aunque no hay registros que confirmen estas historias). El primer arqueólogo entró oficialmente al sitio en 1993, guiado por el abuelo de Pech, y aunque el INAH pasó un año restaurándolo en 2001, pronto lo abandonó, dejando que la selva lo reclamara de nuevo. El lugar recibió el nombre de Nadzca’an, palabra que en maya significa “cercano al cielo”.
Técnicamente, Nadzca’an no está abierto al público, pero la única restricción real para entrar es si quien quiere hacerlo tiene la resistencia física. Se encuentra a unos 18 kilómetros del camino y solo se puede llegar a pie, en una caminata de tres horas por la selva, o en moto (cuarenta minutos, más una caminata fatigosa de media hora por un terreno que se va inclinando gradualmente). Al entrar, pasamos de largo junto a unos pavos silvestres tornasolados y por las huellas frescas de cerdos silvestres. Un ejército de monos araña sacudió las ramas de los árboles en lo alto para asustarnos. Poco a poco, Nadzca’an fue surgiendo con sutileza de entre la selva, con la pirámide de unos 40 metros de altura al centro disolviéndose entre los árboles como en el recuerdo de un sueño.

Esa noche, acampamos en lo alto de la pirámide. Pregunté a Pech para qué habrían usado los mayas ese lugar. Arrastró un dedo a lo largo de su garganta. “Probablemente para sacrificio”, dijo, “pero nunca lo sabremos en realidad”. Lo mejor que podemos hacer es adivinar cómo se vio este mundo alguna vez y cómo fue su declive.

Mientras el sol se ocultaba, miré hacia la selva. Los monos aulladores se dejaron oír a la distancia; las cigarras cantaron. La luna roja se elevó lentamente por encima de un banco de nubes y surgió, media hora más tarde, con su blanco habitual. Pech sonrió. “Es como un espejo”, dijo.

Agencias

 

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